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El Tinkudiablo, la Primera Diablada
Tinku Los puños de la tradición

http://www.lostiempos.com/oh /21-05-06/actualidad.php 

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Al final se analisa de donde vino "LA PRIMERA DIABLADA" que vienen de los "tinkudiablos". El primer tinkudiablo bailado se realizó en 1904. Ésa fue la primera diablada, en homenaje ya no a Tanga Tanga, sino a la Virgen
 

Tiene la apariencia de una fiesta salvaje, pero esconde un sentimiento mágico que, durante la colonia, se unió a la religión. las comunidades cercanas se apoderan de macha, un pueblo construido por los españoles en el territorio de un antiguo ayllu Antes se moría por la Pachamama y la Cruz del Sur, por mejores cosechas. La cruz cristiana tomó el lugar de la constelación 

Si después de leer estas líneas se sigue considerando el tinku como una fiesta de sangre y muerte, el reportaje habrá fracasado. Por más boliviano que uno sea, es difícil no sentirse un extraño el 3 de mayo en Macha. Ni siquiera los macheños se sienten en casa cuando llega al pueblo la fiesta del Tinku (encuentro), el Día de la Cruz.

Para llegar allá, se deben recorrer 160 kilómetros desde Potosí, atravesando la helada zona de Tola Pampa. Cerca ya de esta población de 1.400 habitantes, vimos a un hombre que estaba por llegar a los cincuenta y a otro que apenas pasaba los veinte. Eran tío y sobrino, y llevaban sendos charangos. Detuvieron su trote para saludar: "Nos vemos en la fiesta. Será ahora en la tarde. Por ahora, nos alegramos nosotros nomás", dicen Julio César Chávez y Omar Chávez.

Es 3 de mayo y por las calles se ve uno que otro niño, con charangos en la espalda. A la entrada del pueblo hay un pórtico que dice "Bienvenidos a la capital del Tinku. Macha". La plaza está rodeada de toldos y así permanecerá durante tres días. Se vende api, sopa de cordero, gelatina, refresco y unos dulces multicolores en largas bolsitas plásticas. Cerca de la iglesia, se ven unos puestitos donde hay cinturones multicolores, tejidos con lana de oveja. Son las thulmas, que también sirven para envolver el puño que después debe golpear al adversario. Ahí se siente por primera vez el rechazo a la cámara. Ni siquiera las vendedoras, que vienen de los alrededores, quieren ser fotografiadas.

De pronto, la policía nos convoca. Nuestro vehículo no tiene placas (es nuevo y fue proporcionado por la Alcaldía de Potosí), así que es sospechoso. Hay razones para que los uniformados actúen así. Durante estos días, se espera no sólo la llegada de antropólogos, turistas, periodistas y comerciantes. A veces también llegan ladrones. El sargento Eloy Bravo es el primero en explicar que hay que tener cuidado cuando entren las comunidades a la plaza, al día siguiente. "Les pueden quitar la cámara y arrojarla al piso". Una pareja de turistas ingleses nos pregunta si podríamos ir por los caminos cercanos para ver cómo se preparan para la fiesta las comunidades. Repetimos las palabras del sargento: "No vayan solos por los caminos. Es peligroso".

Hasta después del mediodía, no pasa mucho en el pueblo. Hay tiempo para mirar y fotografiar el monumento a Tomás Katari. Una placa puesta en 1991 dice: "El pueblo histórico de Macha rinde su homenaje al caudillo indígena don Tomás Katari, en los CCXXI años de su muerte en Chataquila" (para entender la relación del tinku con la colonia, ver la última página de este reportaje).

A una cuadra de la plaza, ya por la tarde, se asoma a la calle una joven vestida de fiesta. Lleva un acsu -que siempre es negro y llega a mitad de la pantorrilla-, un rebozo con diseños de las amarillas flores de papa y las guindas flores de quinua. Los aguayos o llicllas completan la indumentaria.

Hay una mujer mayor a la entrada de la casa. La pregunta sale, tímida: "¿Podemos tomar fotos mientras se preparan?". Sí. En el patio de la casa, las mujeres están vistiendo a los niños que, en una hora más, bailarán en la plaza. Solícita, Gladys Guzmán ya ha colocado las sikha botas o polainas, también coloridas, al pequeño Christian, su hijo de ocho años. Todos los pequeños tienen monteras, que son cascos de cuero que imitan a las que usaban los soldados españoles de la colonia. También usan largos chulos multicolores con orejeras. Luis Zabala, el guía designado para acompañarnos, nos ha explicado que la vestimenta tradicional de los hombres incluye un chaleco y una chaqueta negra. Ninguno la tiene. Prefieren las chompas. Es una de las pequeñas muestras de una lenta aculturación que empezaron los comunitarios que migraron a las ciudades.

Se oye por primera vez el ritmo de huayño que acompaña al tinku. Las voces de las mujeres son agudas, y cantan mientras zapatean en círculos, con los brazos caídos, alrededor de quien toca el charango. "A quien tú quieres, olvidas", cantan en quechua. Se suma un hombre que ya tiene unos traguitos encima y pide que le inviten algo. Tomamos una cerveza y luego saca un largo chicote, que le sirve para poner orden en la danza. "Por lo menos tenés que dejar cien bolivianos", dice, en voz baja. Una cruz en el techo recuerda que se trata de una fiesta religiosa. "No la fotografíen", dice el hombre del chicote. "Ahí sí que nos enojamos". Extraño pedido, porque hay cruces sobre los techos de la mayoría de las casas de Macha. Fueron puestas como protección contra cualquier mala energía.

Antes de entrar a la plaza, el pequeño grupo subió al cerro que está detrás de la escuela. Llevaron una cruz cubierta con ponchos y con una montera. Varios turistas acudieron a tomar fotografías, y aunque ellos los dejaban, no faltó quien arrojara tierra a las cámaras y el hombre del chicote dejó escapar un insulto procaz a los visitantes (¿Será porque no recibió los Bs 100?).

Esa pequeña muestra del tinku correspondía a la gente del pueblo. El subalcalde Tomás Coria explica que Macha se ha aislado de la fiesta desde hace cuatro años, porque las peleas con los campesinos que llegan de las comunidades eran muy fuertes. Y aquí hay una primera fuente de conflicto. Explica Ángela Lara, que investiga esta fiesta hace más de tres años, que la gente del pueblo discrimina a los del campo. "Estos runa mikus" (salvajes), dicen, refiriéndose a los comunitarios. Los toleran porque traen ganancias. Cada uno gasta entre Bs 100 y Bs 200. "Además, la gente de Macha tiene la tez más clara, y los de las comunidades son más morenos. Por eso los discriminan". Una de las formas que tiene la venganza de los campesinos consiste en orinar en la puerta de algunas casas que están frente a la plaza.

LA FIESTA EN SERIO 

Desde el 2 y el 3, sobre todo en la madrugada, comienzan a llegar no sólo desde los ayllus de Palqoyu, Irupampa, Bombori, Titiri, Catariri, Cayanguera y Poqara. Días antes, también llegan desde Jujuy, Mendoza y Pericos, en Argentina. Estos migrantes -que han sufrido la discriminación en los campos extranjeros- no hacen otra cosa que hablar quechua. Según Lara, buscan reafirmar su identidad.

La tensión va aumentando entre la veintena de turistas que, prudentemente, se ha instalado en la terraza de la subalcaldía. Desde ahí pueden tomar fotos (previo pago de una suma que irá a las comunidades) y estar a salvo de lo que ya se oye desde una de las esquinas. Casi al trote, tocando las jula julas, irrumpe en la plaza una de las comunidades. La muchedumbre tuerce su lomo de serpiente y se enrosca en una de las esquinas. El centro de esa vorágine es el alférez, que lleva la cruz, ataviada con tejidos y ponchos. La amenaza de un lazo pone orden en los danzantes, que comienzan un zapateo y brincos rítmicos que, por momentos, ponen a todos en el aire. Las voces atipladas de las mujeres cantan, con picardía quechua, varias rimas: "Chaquito, chaquito de cebada/cuidate, cuidate, cojudito, que conmigo te jodés".

A los pocos minutos, otra mezcla de jula julas, zapateo y rimas arrincona a los turistas. Uno de los comunitarios hace ademán de buscar una piedra para lanzarla a Clovis, nuestro fotógrafo. "Está prohibido", vocifera. No hay más remedio que gritarle: "Está autorizado por el ayllu". Felizmente, se calma y sigue a la multitud, que se arremolina alrededor de la torre Mallku, nombre que recibe el campanario del templo.

La iglesia que los congrega fue construida durante la colonia. Según revela el antropólogo Freddy Arancibia, la iglesia ocupó el sitio de una antigua huaca o lugar sagrado de los quechuas. El pueblo entero fue emplazado en el territorio de un ayllu. "Según su interpretación, los criollos y los mestizos son inquilinos. Todos los del pueblo deberían irse, porque son recién llegados. Los nuevos ahí, en la lógica del ayllu, son la religión y los europeos".

Ese juicio obliga a ir atrás en el tiempo: hace más de 4.000 años, antes de los quechuas y los incas ya existía el tinku. El rito era organizado por la nación charca kjara kjara, que vivía en esta zona, para agradar a todos los elementos de la cosmovisión andina: la lluvia, los rayos, la tierra, el agua y el viento. Todo eso se resumía, según Freddy Arancibia, en un ritual para la Pachamama o madre tierra. Ángela Lara matiza este concepto diciendo que la Pachamama era una diosa sólo de tierras vírgenes. "La fiesta sólo estaba destinada a los hombres, no a las mujeres". Y aquí brinda un dato revelador. El ritual se realizaba para la Cruz del Sur, ese grupo de estrellas que siempre indica un punto cardinal.

Lara dice que la noche del 2 de mayo, ese grupo de estrellas parece estar al alcance de la mano, sobre todo si se las mira desde la torre Mallku. Incluso sugiere que el palo mayor de la cruz celeste coincidía con el curso del río Macha, que pasa por el poblado. Posteriormente, la implantación católica interpretó la presencia del agua como la limpieza del corazón. Por supuesto, la religión de los conquistadores sustituyó a la Pachamama por el Tata Wila Cruz, que no es otro que el Tata (o padre) de la Veracruz o cruz verdadera. Por eso también se la llama fiesta de Tata Wila Cruz. Arancibia pide tomar en cuenta que, en estudios con datación de carbono en Tiahuanacu, se encontraron referencias a la Cruz del Sur, y que algunos arqueólogos como Javier Escalante recalcan que el 2 de mayo, esa constelación está exactamente sobre el occidente boliviano.

Diógenes Rodríguez, documentalista especializado en antropología del Viceministerio de Cultura, cuenta que se elegía a uno o dos representantes de determinada comunidad para que asista al ritual. "Se medían fuerzas como en un deporte. Siempre se enfrentaban dos ayllus, pero no era obligatorio que haya una muerte". Los elegidos se asestaban terribles golpes con el ñuqu, que es una especie de guante de cuero. Ahora, la modernidad ha empezado a cambiar la indumentaria. Nadie usa ojotas, porque las botas son mejores para la pelea.

Ya se dijo que la chaqueta y el chaleco fueron sustituidos por chompas, y la thullma multicolor que envolvía las manos es ahora un guante de conducir tachonado de metal en los nudillos. A veces, se usan guantes de cuero y Diógenes Rodríguez ha visto, en lugar de las monteras de cuero, cascos de motociclista con plumas de ave. Pero eso es una excepción. Quien no tiene chulo, usa montera. La amarran con cuero mojado y no se la quitan durante toda la fiesta. Generalmente, esta prenda es una herencia que viene desde los padres y abuelos. Quien la pierde, queda prácticamente descabezado e imposibilitado de pelear y participar en la celebración. Por eso Marcelino Sankha, del ayllu Bombori, casi pierde la vida. Este sexagenario se trenzó a golpes en la primera pelea de la fiesta. Venció a su contrincante con el típico movimiento que consiste en llevar los puños hacia atrás y luego lanzarlos como si se tratara de piedras. No se contentó con ser el vencedor; quiso arrebatar la montera de su oponente. Tres hombres lo atacaron. Una lluvia de golpes le dejó el rostro cárdeno y desfigurado. Mientras caía, la punta de una bota hizo que la sangre regara de su mejilla y otro golpe más lo dejara desmayado. Ya en el suelo, incapaz siquiera de pedir clemencia, siguió recibiendo patadas. Una de ellas le fracturó una costilla. Fue el primer herido en pisar la posta sanitaria del pueblo. Los policías no intervinieron, pese a que, según sus reglas, el primer día no se permiten patadas y piedrazos, nunca.

Le compramos un refresco y aceptó un plato de comida en la plaza, pero la mujer que atendía el puesto no lo dejó ingresar, seguramente para que no manche con su sangre al resto de los comensales. Por la tarde del día 4, las peleas se hicieron más frecuentes en la peligrosa calle paralela a la iglesia y las piedras comenzaron a estallar en piernas, cabezas y rostros. Fue necesario lanzar gases. Ningún turista podía acercarse al lugar. Hubo 28 heridos. Uno de ellos tenía el cráneo hundido. No quiso que lo atiendan y escapó de la posta. Según la auxiliar Hilda Martínez, el hombre podía morir al tercer día, producto de alguna hemorragia intracraneana o edema cerebral.

TIERRA SEDIENTA 

A veces, no se llega a saber si hay muertos o no. Hace dos años hubo dos fallecidos, pero en el pueblo nadie recuerda sus nombres y sólo vagamente se nombra a la cercana comunidad de Salinas de Macha. ¿Qué ocurre con los muertos? "Es duro decirlo. Se cuenta que antiguamente, empezaban a despedazar al difunto y se lo comían. En realidad, bebían la sangre", nos cuenta Ángela Lara. Actualmente, si hay un muerto, la celebración se vuelve apoteósica. La muerte es una ofrenda a la Pachamama, que la retribuirá con buenas cosechas. Para que el difunto no se convierta en un tojlito, es decir en un cráneo que los persigue y les provoca enfermedades y sueños, tienen que sacarle la lengua y los ojos. Los de su comunidad tienen que impedirlo, así que empieza un tira y afloja por el cuerpo que, a veces, convierte a un desmayado en un cadáver.

Si bien nunca se destinó a alguien para morir, los yatiris -explica Lara- pueden ver, durante la Wilancha, qué sucederá durante el tinku. La Wilancha es una ofrenda que se hace a la cruz antes de bajar a Macha. "En el sonido de la música, en la forma de caminar de la gente del ayllu, en la chicha que sirven ese día, hay presagios. El yatiri puede anticipar si habrá o no muerte para la comunidad, o si habrá triunfo. Hasta puede decir si será un joven o un viejo".

No hay que insistir mucho en el carácter mágico del tinku. En la rutina interna de las imillaywawas o mujeres casamenteras que llevan banderas blancas (janko wiphalas) para guiar a los bailarines, en el sonido alternante de las jula julas, en el canto agudo, en el charango, en la chicha y en la muerte hay más que una fiesta. Son los códigos que identifican a una cultura milenaria que parece bastarse a sí misma. Los instrumentos son sometidos a un proceso que se llama "sereneo", que consiste en dejarlos a la intemperie, para que la naturaleza los invada y les proporcione nuevos ritmos. Por eso parece comprensible que no quieran que su muerte y su sangre dé vueltas por el mundo frívolo de los medios y la cultura occidental, tan divorciada de la naturaleza. "Nosotros ponemos la sangre y otros se hacen ricos con las fotos", dicen, desde que una filmación fue vendida a Univisión hace tres años. Mientras una fotógrafa española -que venderá las imágenes a un diario inglés- dispara el obturador desde la terraza de la Subalcaldía de Macha, un joven migrante se planta y lanza un grito inolvidable: "No disparés. No disparés. Asesina de los artistas bolivianos. ¡Yo no soy ningún negociante, carajo!". Hasta los niños se dirigen a los "gringos" con tono de burla. Definitivamente, este magnífico espectáculo de la misteriosa vitalidad humana no es "vendible" turísticamente, pese a los esfuerzos que hacen los jóvenes de la Familia Pachacuti, apoyados por la Fundación Kolping. Su reto, como estudiantes de turismo y entendidos en cultura, es otorgar un margen para el turismo, sin que el rito sea depredado. Muchos de esos jóvenes son mestizos, que por su condición han despertado la desconfianza ("fuera los piratas") de su comunidad.

El tinku es también un espacio para el amor y para la rebeldía. A lo primero. Las imillaywawas son casamenteras. El galán tiernamente le tira piedrecillas y pretende quitarle la manta. Si ella sonríe, es que acepta el galanteo. Si él escapa con alguna prenda de la joven y ella corre para recuperarla, se puede ya pensar en el inicio de una relación. En algún momento de la fiesta, y tal vez descuidando a tíos, padres y hermanos, la joven será "robada" y el río, los árboles y los apus (cerros) serán testigos de su pasión.

LA DANZA COMO REBELDÍA 

Una última sorpresa estaba más allá de Macha. A 45 minutos está Colquechaca, y a unos 20, arrullada por las nieves de 4.800 metros, yace en su sueño eterno la que fue la ciudad de Aullagas. Hay ahí una iglesia construida en 1538. Dentro del templo estaba la figura de San Miguel Arcángel. Ese arcángel guerrero fue llevado por los curas españoles para sustituir a Tanga Tanga, el dios de las entrañas de la tierra que adoraban los nativos de la zona. Aullagas era un centro ceremonial.

Para facilitar la inclusión de los indígenas a la esclavizante mita en las minas, la Inquisición declaró demonios a todos los dioses andinos. Nadie sospechó que, décadas después, algunos pobladores se animaran a continuar la ceremonia en homenaje a Tanta Tanga. Se disfrazaban de diablos porque así era considerado el dios de las entrañas de la tierra.

Después de la ceremonia, se bailaba el tinku. Fueron conocidos como los tinkudiablos, rebeldes contra la religión y la Corona española. Estos tinkudiablos formaron el grueso del ejército del cacique de Macha: Tomás Catari. En 1780, el cacique pidió dejar sin efecto un ‘impuestazo’ del poder colonial. Como respuesta, el gobernador de Chayanta reclutó en Pocoata, cerca de Macha, a indios que irían a trabajar en las minas hasta la muerte. Cuando estuvieron reunidos, uno de los indígenas empezó la rebelión y mataron a los españoles. La sublevación cortó los cuellos de los blancos, sean hacendados o sacerdotes. Se extendió a La Paz, Potosí, Tarija, Oruro y Cochabamba. En La Paz, el ejército los venció y asesinó a mujeres y niños.

Ya en 1885, con la caída del auge de la plata, Aullagas comenzó a despoblarse. Muchos se fueron a Uncía, y se llevaron a San Miguel Arcángel. Allá fueron también los tinkudiablos. Cuando la producción de estaño, que estaba en manos del magnate Simón I. Patiño, empezó a decaer, la población fue definitivamente abandonada.

Sin embargo, los tinkudiablos ya estaban en Uncía y Llallagua. Así llegaron a Oruro -no a Chile-, aunque estaban proscritos en las afueras. El primer tinkudiablo bailado se realizó en 1904. Ésa fue la primera diablada, en homenaje ya no a Tanga Tanga, sino a la Virgen. Cuando se ve esta danza, Patrimonio Intangible de la Humanidad, se debería pensar en el deseo de libertad que los indígenas siempre defendieron hasta con los puños.

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Escrito por elcharanguito   
Tuesday, 15 de May de 2007

Modificado el ( Tuesday, 15 de May de 2007 )
 
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